viernes, 25 de septiembre de 2026

"Sangre vurdalak" (otra de vampiros, sí)




El catálogo de películas de Amazon Prime es una locura. Por lo variopinto, digo. Lo mismo encuentras joyones del cine clásico que bodrios de pesadilla. Un batiburrillo. De vez en cuando, descubro en ese revoltijo alguna rareza que me alegra la noche. Ese ha sido el caso de la producción argentina "Sangre vurdalak". Película de vampiros de bajo presupuesto, tirando a ínfimo, que, a pesar de someterse a un ajuste de gastos radical, tiene su punto.

La sinopsis, sin entrar en spoilers, podría quedar así: un padre de familia, autoritario y huraño, impone a sus hijos, sin que medien explicaciones, toque de queda al atardecer en la hacienda medio desolada en la que viven aislados. La hija, Natalia, se niega a llevar esa vida a palo seco y escapa una noche de casa para correr mundo, pero la fuga se transforma en pesadilla cuando se ve sorprendida por el ataque de un vurdalak —vale decir, un vampiro— de cuya mordedura se libra in extremis.

El padre, a la vuelta de su hija, confiesa que conocía la existencia del monstruo, secreto que explica las precauciones carcelarias que se estilaban en casa. Consciente de que el vampiro le ha tomado el rastro a su familia, decide conjurar el peligro saliendo en su busca para matarlo. Antes de partir, sin embargo, advierte a los suyos de que, si regresa de noche, le prohíban la entrada en casa, porque, en ese caso, volvería convertido en un vurdalak. A la mañana siguiente, Natalia encuentra a su padre montando guardia delante de la casa, pero no acierta a saber si ha llegado antes o después de la salida del sol.

A partir de ese momento, la película se centra, mayormente, en explotar la tensión dramática en el seno de una familia cuyos miembros dudan y discuten sobre si el pater familias ha vuelto habiendo acabado con la amenaza, como parece, o lo hace, como sospechan, tras haber sucumbido al morbo vampírico. En este sentido, la cinta, a ratos, está más cerca de un drama familiar con elementos de intriga que de una película de terror gótico. Pero, sólo a ratos, porque un vurdalak nunca deja de maniobrar en las sombras para volver al género donde se siente cómodo.

El guion adapta y actualiza, trayendo a la contemporaneidad, un cuento del autor ruso Alekséi Konstantínovich Tolstói titulado “La familia del vurdalak”. La influencia del relato se refleja, también, en la caracterización del vurdalak. En esta película, los vampiros toman forma a partir de gentes corrientes, como manda la tradición eslava de la que bebe el relato de Tolstói, el cual, a su vez, obtuvo sus referencias sobre los revinientes de los escritos sobre vampiros del agustino don Calmet en el siglo XVIII. No hay, por tanto, ni rastro del vampiro de porte aristocrático, tipo Lord Byron, que todos tenemos en mente gracias al trabajo de actores como Béla Lugosi, Christopher Lee, Ferdy Mayne o Gary Oldman. “Sangre vurdalak” está en otra frecuencia y nos adentra en un mundo más apegado a la tierra y a las supersticiones campesinas del oriente europeo.

El guion mantiene, en esencia, la línea argumental del relato original, aunque trasladando la acción, ya lo he dicho antes, a un mundo imprecisamente contemporáneo. A poco que avanza la cinta, el espectador advierte lo ajustado del presupuesto. Las escasas localizaciones escogidas como set de rodaje —hacienda, gasolinera, bar— reflejan una incuria que, tal vez, pretende evocar en la ficción la crisis económica que sufría realmente la Argentina del momento. Sin embargo, este aspecto no afecta negativamente a la película, antes, al contrario, contribuye a dibujar la atmósfera de privaciones y deseos prohibidos en la que viven los personajes. Entre estos, a destacar, la figura del padre, parco y huraño, al que da vida un amenazante Alejandro Galtier, y la de Natalia, encastillada en el amor filial a pesar de las dudas, interpretada con fuerza dramática por Alfonsina Carroccio. Notables ambos.

Lo que menos me gusta de la película: la caracterización de los vurdalak. Concebidos como seres infectados e infecciosos, llevan las máculas de su enfermedad a flor de piel y, por eso mismo, dan más asco que miedo. A lo peor son cosas mías. Por fortuna, sus apariciones se restringen a lo imprescindible, lo cual deja reducidas al mínimo sus oportunidades de revolverme las tripas. Pero, ya digo, estos escrúpulos son milongas mías y, de cualquier forma, no me impiden disfrutar de una película que constituye una propuesta sencilla y honesta, alejada, por fortuna, de las ñoñerías fashion que abundan en el cine de vampiros en los últimos tiempos.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Pedro Sánchez: fin de ciclo (el contouring no obra milagros)



Pedro Sánchez está demacrado. Resulta obvio hasta para el menos observador. Pómulos marcados y mejillas hundidas. Patrón fisonómico de mal augurio. Dicen los que se le arriman que tira tufillo a difunto político en ciernes. Quién sabe. Lo mismo tienen razón. Desde luego, si hemos de juzgar por las apariencias, no parece que vayan desencaminados.

Sus acérrimos se empeñan en convencernos de que, a pesar del menoscabo, nuestro presidente luce pintón, y se felicitan de tener un líder que no encuentra par, en cuanto a lo apuesto, al otro lado del espectro político. Hasta ahí llega la deriva intelectual de ese PSOE demediado que se prodiga en las redes sociales. Propaganda para quinceañeras que no tiene un pase entre personas sensatas. De todas formas, hay que señalar que ese reducto de entusiastas no se fija en los detalles porque está instalado en las ensoñaciones del Photoshop. No quiere ver el evidente deterioro físico de Sánchez. Pero la realidad, en plano corto, resulta inmisericorde y demoledora. Por esa razón, el ejército de maquilladores y asesores de imagen que asiste al presidente no se da tregua y emplea cada vez más horas en disimular los rotos que lo desgracian. Desde hace un mes están a tope con el contouring facial. La Mareta, al parecer, no obra milagros.

El presidente se desmiga a ojos vista, aunque traten de mantenerle el pellejo terso. Probablemente, somatiza los fracasos de su gestión política, dejando ver que esos accidentes lo minan por dentro. Tal vez por eso, hay run-run de fin de ciclo entre amplios sectores de las filas socialistas, excepción hecha de los irreductibles, que siguen viendo a su líder en plena forma. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Las encuestas reflejan que, al contrario de lo que opinan ellos, una mayoría social considera que Sánchez está acabado, o casi. Hasta el propio Óscar Puente, ministro faldero donde los haya, parece haber entendido que su jefe —el puto amo, que diría él— tiene los días contados. Por esa razón, se atreve a declarar ahora, aunque amagando remilgos para bajar el tono, que no descarta sucederlo llegado el caso.

Los acontecimientos se precipitan en busca de un tiempo nuevo. ¿Tiempo de cambio? Pedro Sánchez ha perdido la baraka tramposa a la que le confiaba el progreso de sus apaños parlamentarios y no encuentra salida al atolladero. Pero hasta en los estertores sigue empeñado en prodigar su inquina soberbia y machacona. Genio y figura. Después de un mes de incomparecencia o deserción estival, dedicó su primera aparición pública a repartir palos a diestro y siniestro sobre todo Cristo, con saña, como si quisiera vengarse a hostias de sus antagonistas por anticiparle un final desastrado. Ha tirado a dar, pero sin tino. Se le está poniendo puntería de zombi y la misma irascibilidad tóxica de cualquier otro cadáver insepulto.

No sabemos cuánto aguantará Pedro Sánchez en su empeño por demostrarnos, o por demostrarse a sí mismo, que sus constantes vitales aún hacen rafting sobre la línea plana. Tiempo perdido, en cualquier caso. Muchos sospechamos, lo sospechan incluso dentro de su propio partido, que se enfrenta a sus últimas horas como político de primera línea y que, esta vez, no habrá bálsamo de Fierabrás ni curacurasana que pueda volverlo a su ser. 

En tales condiciones, cuanto antes le escriban sus relatores un epitafio, mejor.

Por el bien del común.

lunes, 25 de mayo de 2026

Hernán Cortés, otra vez en campaña.


Llegó a México y organizó una tremolina. Hablo de Isabel Díaz Ayuso. Yo no sé si la estaban esperando, o si fue ella la que abrió la caja de Pandora con sus declaraciones. A la primera que tuvo ocasión, reivindicó en público la figura de Hernán Cortés, y lo hizo sin adornarse con matices que revelaran algún asomo de rigor. Para qué quiso más: temblaron los cimientos de la herencia común. Y es que, tal como están las cosas en el México actual, para muchos de sus ciudadanos referirse al conquistador extremeño equivale poco menos que a mentar al diablo. Así está el patio por allá, pero Ayuso midió mal los terrenos. No tuvo en cuenta que, como invitada en país ajeno, se debe a la prudencia por aquello de no irritar con salidas de tono o inconveniencias a ninguno de sus anfitriones. Ni que decir tiene que tal virtud, la prudencia, digo, no figura entre los méritos que adornan su liderazgo político. Ella es más de pisar charcos, como las zancudas. Para ir a México se puso botas de lluvia de media caña.

Al acecho Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta del país mesoamericano. Si Ayuso es de pisar charcos, Sheinbaum se moja los pies en los humedales de Xochimilco exigiendo perdones a España un día sí y otro también. Tiene apellido rotundo como una jaculatoria, aunque sus maneras, delicadas y suaves, delatan que frecuentó desde niña ambientes de gente ilustrada. Ahora bien, dentro de los límites de la buena educación, se muestra contestataria cuando lo estima oportuno, y, sobre todo, a la hora de oficiar como reparadora de las injusticias históricas. Por esa razón, cuando tuvo noticia de que Isabel Díaz Ayuso había tomado la palabra para defender a Cortés en un acto programado en el corazón mismo de Ciudad de México, ella, que considera al extremeño un símbolo de la opresión y del genocidio de los pueblos indígenas, decidió prodigarse en los medios de comunicación para recordarle a la política madrileña el largo historial de abusos y matanzas que había soslayado.

Yo no sé si a Claudia Sheinbaum Pardo le molesta más que Díaz Ayuso reivindique a Hernán Cortés siendo española, o bien que su interpretación del personaje coincida con la versión canónica sostenida por la propia derecha mexicana, para la cual aquel fue el fundador de una nación mestiza que le debe a la madre patria el raigón de su identidad. La propia presidenta mexicana nos ofrece la clave para resolver esa incógnita al señalar que existen personas “que todavía siguen reivindicando a Hernán Cortés allá y acá, aunque lo que más vergüenza dan son los de acá”. O sea, que el trato que recibe Hernán Cortés, entre la reivindicación y la condena —¡qué palabras tan feas para cualquier historiador!— , depende de la orientación ideológica de cada cual más que de los flecos de su nacionalidad. A la izquierda, a ambos lados del charco, los que le afean su conducta criminal; a la derecha, con independencia de la orilla, quienes pretenden elevarlo a los altares. Pónganle a la cosa los matices y excepciones que se quiera, pero Hernán Cortés, en este enredo, pierde su especificidad histórica y se convierte en un símbolo instrumental del que se valen los unos y los otros para amoldar la Historia a conveniencia.

¡Qué pereza!

domingo, 22 de febrero de 2026

China, negra, marrona




Hace unos días, Irene Montero volvió a ser noticia. Otro exabrupto. Uno más.

Participaba en un acto organizado por su partido para celebrar la regularización extraordinaria de inmigrantes. Un foro, en teoría, poco propicio para atizar hogueras. Sin embargo, ella aprovechó la ocasión para retorcer a su antojo la teoría del reemplazo, bandera de enganche de la derecha populista, reformulándola en términos, cuando menos, singulares. Proclamó desde la tribuna: “ojalá teoría del reemplazo. Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora. Claro que yo quiero que haya reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores, y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra, marrona”.

El alegato hirió sensibilidades. Y no sólo por el barullo sintáctico, sino, sobre todo, porque parecía evocar –siquiera retóricamente– la eugenesia como palanca del cambio social. Las palabras de la eurodiputada adquirieron inmediata resonancia pública, granjeándole una crítica rotunda en medios de comunicación poco afines y, cómo no, en aquellos sectores de las redes sociales siempre dispuestos a sacarle faltas a cualquier mandanga. Tanto creció el revuelo que la dirección de la formación morada se vio obligada a salir al paso ofreciendo una lectura alternativa del arrebato, según la cual la intención de su dirigente no habría sido la obvia, sino la de ironizar sobre el bulo que alimenta la teoría del reemplazo en su formulación canónica.

El intento de cortocircuitar la polémica por parte de la dirección de Podemos resulta poco creíble, sobre todo porque la explicación parece improvisada sobre la marcha para atajar posibles daños. Tampoco ayuda en ese empeño el hecho de que la protagonista del episodio ni siquiera haya considerado oportuna una aclaración. Irene Montero guarda silencio sobre el asunto, como si le molestara poner sus palabras blanco sobre negro para despejar las dudas del personal. En tales condiciones, la interpretación benévola del caso se antoja difícil; máxime, cuando conocemos su inclinación por renovar votos de radicalidad cada vez que pisa un estrado. Con todo, y por lo que a mí respecta, estoy dispuesto a aceptar lo improbable: que pretendía, simple y llanamente, predicar la tolerancia y el amor al prójimo.

No me falta buen fondo para semejante ejercicio de credulidad. Además, la cosa tiene premio: plaza fija en el orfeón de los benditos. Ahí es nada. Pero ni siquiera forzando la inocencia hasta el extremo resulta posible exculpar a Irene Montero de haber cometido un error de comunicación impropio de quien lleva años en el oficio. En este sentido, hay un condicional difícil de soslayar: si lo que pretendía nuestra exministra con su retórica febril era conjurar el discurso contra la inmigración que pregonan sus antípodas ideológicos, falló estrepitosamente. Afinemos la crítica: no acertó ni con las palabras ni con el tono. Pocos entendieron la pretendida “ironía” que dan por sentada sus correligionarios; en cambio, fueron multitud los que, oyéndola, se hicieron cruces convencidos de que hablaba en serio.

La alarma originada por la intervención de marras era previsible, por no decir inevitable, y guarda relación con la imagen pública de la propia Irene Montero. A mi juicio, lo que explica que muchos hayan respetado la literalidad de sus palabras es, precisamente, esa fama de extremosa que la eurodiputada ha perfilado con mimo en estos últimos años. Le precede su reputación, aunque le pese. Por eso, ante intervenciones de pulso virulento como la del sábado, no extraña que algunos sospechen que, si pudiera ventilar cuentas con quienes se las tiene tiesas, no dudaría en soltar la gorgona que se le revira dentro.