lunes, 25 de mayo de 2026

Hernán Cortés, otra vez en campaña.


Llegó a México y organizó una tremolina. Hablo de Isabel Díaz Ayuso. Yo no sé si la estaban esperando, o si fue ella la que abrió la caja de Pandora con sus declaraciones. A la primera que tuvo ocasión, reivindicó en público la figura de Hernán Cortés, y lo hizo sin adornarse con matices que revelaran algún asomo de rigor. Para qué quiso más: temblaron los cimientos de la herencia común. Y es que, tal como están las cosas en el México actual, para muchos de sus ciudadanos referirse al conquistador extremeño equivale poco menos que a mentar al diablo. Así está el patio por allá, pero Ayuso midió mal los terrenos. No tuvo en cuenta que, como invitada en país ajeno, se debe a la prudencia por aquello de no irritar con salidas de tono o inconveniencias a ninguno de sus anfitriones. Ni que decir tiene que tal virtud, la prudencia, digo, no figura entre los méritos que adornan su liderazgo político. Ella es más de pisar charcos, como las zancudas. Para ir a México se puso botas de lluvia de media caña.

Al acecho Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta del país mesoamericano. Si Ayuso es de pisar charcos, Sheinbaum se moja los pies en los humedales de Xochimilco exigiendo perdones a España un día sí y otro también. Tiene apellido rotundo como una jaculatoria, aunque sus maneras, delicadas y suaves, delatan que frecuentó desde niña ambientes de gente ilustrada. Ahora bien, dentro de los límites de la buena educación, se muestra contestataria cuando lo estima oportuno, y, sobre todo, a la hora de oficiar como reparadora de las injusticias históricas. Por esa razón, cuando tuvo noticia de que Isabel Díaz Ayuso había tomado la palabra para defender a Cortés en un acto programado en el corazón mismo de Ciudad de México, ella, que considera al extremeño un símbolo de la opresión y del genocidio de los pueblos indígenas, decidió prodigarse en los medios de comunicación para recordarle a la política madrileña el largo historial de abusos y matanzas que había soslayado.

Yo no sé si a Claudia Sheinbaum Pardo le molesta más que Díaz Ayuso reivindique a Hernán Cortés siendo española, o bien que su interpretación del personaje coincida con la versión canónica sostenida por la propia derecha mexicana, para la cual aquel fue el fundador de una nación mestiza que le debe a la madre patria el raigón de su identidad. La propia presidenta mexicana nos ofrece la clave para resolver esa incógnita al señalar que existen personas “que todavía siguen reivindicando a Hernán Cortés allá y acá, aunque lo que más vergüenza dan son los de acá”. O sea, que el trato que recibe Hernán Cortés, entre la reivindicación y la condena —¡qué palabras tan feas para cualquier historiador!— , depende de la orientación ideológica de cada cual más que de los flecos de su nacionalidad. A la izquierda, a ambos lados del charco, los que le afean su conducta criminal; a la derecha, con independencia de la orilla, quienes pretenden elevarlo a los altares. Pónganle a la cosa los matices y excepciones que se quiera, pero Hernán Cortés, en este enredo, pierde su especificidad histórica y se convierte en un símbolo instrumental del que se valen los unos y los otros para amoldar la Historia a conveniencia.

¡Qué pereza!

domingo, 22 de febrero de 2026

China, negra, marrona




Hace unos días, Irene Montero volvió a ser noticia. Otro exabrupto. Uno más.

Participaba en un acto organizado por su partido para celebrar la regularización extraordinaria de inmigrantes. Un foro, en teoría, poco propicio para atizar hogueras. Sin embargo, ella aprovechó la ocasión para retorcer a su antojo la teoría del reemplazo, bandera de enganche de la derecha populista, reformulándola en términos, cuando menos, singulares. Proclamó desde la tribuna: “ojalá teoría del reemplazo. Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora. Claro que yo quiero que haya reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores, y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra, marrona”.

El alegato hirió sensibilidades. Y no sólo por el barullo sintáctico, sino, sobre todo, porque parecía evocar –siquiera retóricamente– la eugenesia como palanca del cambio social. Las palabras de la eurodiputada adquirieron inmediata resonancia pública, granjeándole una crítica rotunda en medios de comunicación poco afines y, cómo no, en aquellos sectores de las redes sociales siempre dispuestos a sacarle faltas a cualquier mandanga. Tanto creció el revuelo que la dirección de la formación morada se vio obligada a salir al paso ofreciendo una lectura alternativa del arrebato, según la cual la intención de su dirigente no habría sido la obvia, sino la de ironizar sobre el bulo que alimenta la teoría del reemplazo en su formulación canónica.

El intento de cortocircuitar la polémica por parte de la dirección de Podemos resulta poco creíble, sobre todo porque la explicación parece improvisada sobre la marcha para atajar posibles daños. Tampoco ayuda en ese empeño el hecho de que la protagonista del episodio ni siquiera haya considerado oportuna una aclaración. Irene Montero guarda silencio sobre el asunto, como si le molestara poner sus palabras blanco sobre negro para despejar las dudas del personal. En tales condiciones, la interpretación benévola del caso se antoja difícil; máxime, cuando conocemos su inclinación por renovar votos de radicalidad cada vez que pisa un estrado. Con todo, y por lo que a mí respecta, estoy dispuesto a aceptar lo improbable: que pretendía, simple y llanamente, predicar la tolerancia y el amor al prójimo.

No me falta buen fondo para semejante ejercicio de credulidad. Además, la cosa tiene premio: plaza fija en el orfeón de los benditos. Ahí es nada. Pero ni siquiera forzando la inocencia hasta el extremo resulta posible exculpar a Irene Montero de haber cometido un error de comunicación impropio de quien lleva años en el oficio. En este sentido, hay un condicional difícil de soslayar: si lo que pretendía nuestra exministra con su retórica febril era conjurar el discurso contra la inmigración que pregonan sus antípodas ideológicos, falló estrepitosamente. Afinemos la crítica: no acertó ni con las palabras ni con el tono. Pocos entendieron la pretendida “ironía” que dan por sentada sus correligionarios; en cambio, fueron multitud los que, oyéndola, se hicieron cruces convencidos de que hablaba en serio.

La alarma originada por la intervención de marras era previsible, por no decir inevitable, y guarda relación con la imagen pública de la propia Irene Montero. A mi juicio, lo que explica que muchos hayan respetado la literalidad de sus palabras es, precisamente, esa fama de extremosa que la eurodiputada ha perfilado con mimo en estos últimos años. Le precede su reputación, aunque le pese. Por eso, ante intervenciones de pulso virulento como la del sábado, no extraña que algunos sospechen que, si pudiera ventilar cuentas con quienes se las tiene tiesas, no dudaría en soltar la gorgona que se le revira dentro.