domingo, 6 de septiembre de 2026

Pedro Sánchez: fin de ciclo (el contouring no obra milagros)



Pedro Sánchez está demacrado. Resulta obvio hasta para el menos observador. Pómulos marcados y mejillas hundidas. Patrón fisonómico de mal augurio. Dicen los que se le arriman que tira tufillo a difunto político en ciernes. Quién sabe. Lo mismo tienen razón. Desde luego, si hemos de juzgar por las apariencias, no parece que vayan desencaminados.

Sus acérrimos se empeñan en convencernos de que, a pesar del menoscabo, nuestro presidente luce pintón, y se felicitan de tener un líder que no encuentra par, en cuanto a lo apuesto, al otro lado del espectro político. Hasta ahí llega la deriva intelectual de ese PSOE demediado que se prodiga en las redes sociales. Propaganda para quinceañeras que no tiene un pase entre personas cabales. De todas formas, hay que señalar que ese reducto de entusiastas no se fija en los detalles porque está instalado en las ensoñaciones del Photoshop. No quiere ver el evidente deterioro físico de Sánchez. Pero la realidad, en plano corto, resulta inmisericorde y demoledora. Por esa razón, el ejército de maquilladores y asesores de imagen que asiste al presidente no se da tregua y emplea cada vez más horas en disimular los rotos que lo desgracian. Desde hace un mes están a tope con el contouring facial. La Mareta, al parecer, no obra milagros.

El presidente se desmiga a ojos vista, aunque traten de mantenerle el pellejo terso. Probablemente, somatiza los fracasos de su gestión política, dejando ver que esos accidentes lo minan por dentro. Tal vez por eso, hay run-run de fin de ciclo entre amplios sectores de las filas socialistas, excepción hecha de los irreductibles, que siguen viendo a su líder en plena forma. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Las encuestas reflejan que, al contrario de lo que opinan ellos, una mayoría social considera que Sánchez está acabado, o casi. Hasta el propio Óscar Puente, ministro faldero donde los haya, parece haber entendido que su jefe —el puto amo, que diría él— tiene los días contados. Por esa razón, se atreve a declarar ahora, aunque amagando remilgos para bajar el tono, que no descarta sucederlo llegado el caso.

Los acontecimientos se precipitan en busca de un tiempo nuevo. ¿Tiempo de cambio? Pedro Sánchez ha perdido la baraka tramposa a la que le confiaba el progreso de sus apaños parlamentarios y no encuentra salida al atolladero. Pero hasta en los estertores sigue empeñado en prodigar su inquina soberbia y machacona. Genio y figura. Después de un mes de incomparecencia o deserción estival, dedicó su primera aparición pública a repartir palos a diestro y siniestro sobre todo Cristo, con saña, como si quisiera vengarse a hostias de sus antagonistas por anticiparle un final desastrado. Ha tirado a dar, pero sin tino. Se le está poniendo puntería de zombi y la misma irascibilidad tóxica de cualquier otro cadáver insepulto.

No sabemos cuánto aguantará Pedro Sánchez en su empeño por demostrarnos, o por demostrarse a sí mismo, que sus constantes vitales aún hacen rafting sobre la línea plana. Tiempo perdido, en cualquier caso. Muchos sospechamos, lo sospechan incluso dentro de su propio partido, que se enfrenta a sus últimas horas como político de primera línea y que, esta vez, no habrá bálsamo de Fierabrás ni curacurasana que pueda volverlo a su ser. 

En tales condiciones, cuanto antes le escriban sus relatores un epitafio, mejor.

Por el bien del común.

No hay comentarios:

Publicar un comentario