sábado, 17 de octubre de 2026

¿Mayoría social progresista?



Toda una legislatura oyendo hablar de la mayoría parlamentaria progresista que sustentaba al Gobierno. Según pregonaban los adláteres del poder, esta se apoyaba en una mayoría social del mismo signo. Tanto monta, monta tanto. ¿O no? La equivalencia adolece de simplismo, tal vez porque interesaba confundir lo primero —el apoyo al Gobierno en la Cámara Baja— con lo segundo —la existencia de una mayoría social de izquierdas— a fin de trasladar la imagen de que todos los socios navegaban con el mismo rumbo. Sin embargo, entre los partidos que hicieron posible la investidura de Pedro Sánchez figuraban algunos como el PNV y Junts a los que el apelativo de progresistas —según la definición al uso (no necesariamente correcta)— no les cuadra ni por asomo. Ambos, con arreglo a esa misma definición, deberían ir al saco de la carcundia en el que muchos votantes de izquierdas meten al PP y a VOX.

Lo irónico del caso es que, puestos a mirar el panorama por su vertiente ideológica, las últimas elecciones generales arrojaron un saldo claramente positivo para las fuerzas de orientación vintage. Más de 200.000 votos de diferencia; traducido a escaños, 18 diputados más para ese bloque que para el de izquierdas. Sin embargo, dentro de esa misma familia ideológica, la desconfianza entre los partidos de ámbito estatal y los nacionalismos periféricos hizo imposible un entendimiento entre unos y otros. Natural. Se trata de una familia mal avenida que discrepa en un asunto esencial, a saber: cuál es la nación a la que se le debe rendir culto.

Pedro Sánchez estuvo vivo para aprovechar esas desavenencias. Incorporó al PNV y a Junts —que se dejaron querer— a la negociación de su investidura. ¡Bingo! Tres años después de aquello, la legislatura ha derivado en un lío cojonudo. Entre otros motivos, porque ambas fuerzas nacionalistas no han renunciado nunca a defender los intereses de sus votantes, tan burgueses ellos. Cada dos por tres, volantazo a derechas. Y así hasta llegar a los decretos mellizos de la vivienda.

El rechazo de Junts a estas disposiciones ha resultado doloroso para sus promotores. No hubo manera de que los nacionalistas catalanes entraran en razón, por muchos argumentos que les pusieran delante. Su negativa ha dejado en evidencia, por enésima vez, la fragilidad de los apoyos parlamentarios de Pedro Sánchez. El presidente ha reaccionado a la adversidad como acostumbra: faltando a su palabra. Había descartado de forma reiterada el adelanto electoral, pero ahora, después de tomarse unos extemporáneos días de reflexión a nuestra costa, nos convoca a las urnas sin haber agotado su mandato. Al fin. Lo hace, eso sí, aprovechando un momento de movilizaciones callejeras que, probablemente, entiende favorable para sus intereses.

Pero, atención, malas noticias. Los últimos sondeos publicados apuntan a una ventaja de las derechas y, en particular, al fuerte crecimiento de Vox. El pronóstico parece bastante extendido entre las casas demoscópicas, con excepción del CIS, faltaría más. Tezanos va por libre: ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. El avance que reflejan las encuestas puede explicarse, en parte, por el hartazgo de muchos votantes ante la gestión del Gobierno y por las informaciones relacionadas con presuntos casos de corrupción. También podría interpretarse como una reacción al personalismo arrogante y cínico que sus críticos le atribuyen a Sánchez. Sea como fuere, ese clima de descontento parece beneficiar especialmente a Vox, muchos de cuyos simpatizantes, diría yo, juegan a la contra más que por convicción ideológica.

Si se cumplen los pronósticos, la frustración puede resultar considerable entre quienes han dado por sentada la existencia, casi natural e indiscutible, de una mayoría social progresista. Algunos quizá no encajen bien los resultados si estos confirman que esa certeza era, en verdad, el sueño de una noche de verano. La decepción podría bullir en las calles entre pancartas y monigotes de cartón: manifestaciones a tutiplén y mareas de todos los colores.

De todas formas, habrá que esperar al final de la campaña electoral para cantar victoria o llorar la derrota: las urnas, ya lo dije en otra ocasión, las carga el diablo. No conviene anticiparse. En cualquier caso, sea cual sea el resultado de las elecciones, veo desde mi ventana, a lo lejos, los nubarrones de una legislatura correosa y antipática. Otra más, me temo.




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